- Resistencia insulínica como núcleo central
- Disfunción endotelial y vasculopatía
- Inflamación sistémica crónica de bajo grado
- Estrés oxidativo y daño celular
- Interacciones neurohormonales
- Adipocinas y citoquinas inflamatorias
- Disbiosis intestinal y eje intestino-corazón
Resistencia Insulínica como Núcleo Central
La resistencia a la insulina constituye el eje vertebrador de la fisiopatología cardiometabólica y el punto de partida para comprender la mayor parte de los signos clínicos que se observan en el paciente con riesgo cardiometabólico. Se define como la disminución de la capacidad de los tejidos periféricos —principalmente hígado, músculo esquelético y tejido adiposo— para responder adecuadamente a la acción de la insulina, a pesar de que esta se encuentre en niveles normales o incluso elevados.
Desde el punto de vista molecular, la resistencia insulínica se origina por alteraciones en la señalización intracelular del receptor de insulina, que incluyen defectos en la autofosforilación del receptor, la inhibición de proteínas clave como IRS-1 (insulin receptor substrate) y la activación de rutas proinflamatorias (NF-κB, JNK). Este fenómeno impide que la glucosa sea transportada eficazmente al interior de la célula a través de los transportadores GLUT4, perpetuando la hiperglucemia y favoreciendo la hiperinsulinemia compensatoria.
Consecuencias fisiopatológicas
La resistencia insulínica impacta en múltiples órganos y sistemas:
- En el hígado:
- Aumento de la gluconeogénesis y de la producción hepática de glucosa.
- Activación de la lipogénesis de novo, con acumulación de triglicéridos y desarrollo de esteatosis hepática.
- Alteración en la secreción de lipoproteínas, contribuyendo a la dislipidemia aterogénica (↑ VLDL, ↓ HDL, partículas LDL pequeñas y densas).
- En el músculo esquelético:
- Disminución de la captación de glucosa posprandial.
- Pérdida de sensibilidad metabólica, que se manifiesta clínicamente como astenia, fatiga muscular precoz y menor tolerancia al ejercicio.
- En el tejido adiposo:
- Pérdida del efecto antilipolítico de la insulina.
- Liberación excesiva de ácidos grasos libres hacia la circulación, que son captados por hígado, páncreas, corazón y músculo, produciendo lipotoxicidad.
- Incremento de la secreción de adipocinas proinflamatorias (TNF-α, resistina, leptina en exceso) y disminución de adiponectina, perpetuando la inflamación sistémica.
- En el endotelio:
- La resistencia insulínica reduce la vía del óxido nítrico y potencia la vasoconstricción mediada por endotelina-1.
- Se genera disfunción endotelial, base para la hipertensión arterial y la aterosclerosis.
Relevancia semiológica
Los efectos sistémicos de la resistencia insulínica se traducen en un conjunto de manifestaciones clínicas visibles, que funcionan como “huellas” semiológicas:
- Cutáneas y mucosas:
- Acantosis nigricans, especialmente en cuello, axilas e ingles, signo cardinal de resistencia insulínica.
- Fibromas blandos (acrocordones), asociados a hiperinsulinemia crónica.
- Hiperandrogenismo cutáneo en mujeres (acné, hirsutismo, alopecia androgénica), vinculado al síndrome de ovario poliquístico.
- Antropométricas:
- Distribución de grasa predominantemente central o visceral (fenotipo androide), con aumento del perímetro abdominal.
- Ganancia ponderal rápida en etapas tempranas de la alteración metabólica.
- Cardiovasculares:
- Hipertensión arterial sistólica y diastólica, en parte explicada por hiperinsulinemia y activación del SRAA.
- Rigidez arterial y pulso duro en exploración física.
- Metabólicas:
- Dislipidemia aterogénica detectable en laboratorio, pero que también se refleja en signos como xantelasmas o arco corneal precoz.
Papel central en el continuum cardiometabólico
La resistencia insulínica no es solo un trastorno aislado, sino el núcleo patogénico del cual derivan múltiples entidades:
- Diabetes mellitus tipo 2: la resistencia insulínica sostenida exige hiperinsulinemia compensatoria, que con el tiempo agota la función de la célula β pancreática.
- Síndrome metabólico: es el “rostro clínico” de la resistencia insulínica, integrando obesidad central, hipertensión, dislipidemia y alteraciones glucémicas.
- Aterosclerosis y enfermedad cardiovascular: mediada por la disfunción endotelial y la inflamación crónica.
- Enfermedad renal crónica: la hiperfiltración inicial asociada a hiperinsulinemia contribuye al daño glomerular progresivo.
En este sentido, la resistencia a la insulina puede considerarse la “raíz común” de la mayoría de las enfermedades cardiometabólicas, y su detección clínica temprana es crucial para la prevención.
Disfunción Endotelial y Vasculopatía
El endotelio vascular es un órgano difuso, compuesto por más de 1.5 kg de células distribuidas en toda la superficie vascular. Tradicionalmente se le consideraba una simple barrera entre la sangre y la pared vascular; sin embargo, hoy se entiende como un órgano endocrino, paracrino y autocrino con funciones decisivas en la homeostasis.
La disfunción endotelial es una alteración del equilibrio dinámico que el endotelio mantiene entre vasodilatación y vasoconstricción, entre efectos anticoagulantes y procoagulantes, entre señales antiinflamatorias y proinflamatorias. Su consecuencia principal es una pérdida de la capacidad vasodilatadora mediada por óxido nítrico (NO) y un predominio de estímulos vasoconstrictores, proliferativos y trombogénicos. Este proceso constituye la puerta de entrada a la vasculopatía metabólica y aterosclerótica.
Bases fisiopatológicas
La disfunción endotelial se caracteriza por múltiples mecanismos:
- Alteración en la vía del óxido nítrico (NO):
- Disminución de la síntesis de NO por inhibición de la eNOS (óxido nítrico sintasa endotelial).
- Inactivación del NO por exceso de especies reactivas de oxígeno (estrés oxidativo).
- Consecuencia: pérdida del tono vasodilatador y aumento de la rigidez arterial.
- Incremento de mediadores vasoconstrictores y proliferativos:
- Elevación de endotelina-1, tromboxano A2 y angiotensina II.
- Favorecen la hipertrofia de la musculatura vascular lisa y el remodelado arterial.
- Estado proinflamatorio y protrombótico:
- Mayor expresión de moléculas de adhesión (VCAM-1, ICAM-1) que facilitan la infiltración de monocitos.
- Activación de factores de coagulación y reducción de proteínas anticoagulantes (trombomodulina).
- Formación de microtrombos y predisposición a fenómenos aterotrombóticos.
- Aumento de permeabilidad endotelial:
- Permite el paso de lipoproteínas aterogénicas (LDL pequeñas y densas) hacia la íntima arterial.
- Favorece la retención de colesterol oxidado y el inicio de la placa aterosclerótica.
Manifestaciones clínicas y semiológicas
La disfunción endotelial se traduce en un espectro de signos y hallazgos clínicos que reflejan el deterioro vascular:
- En la exploración cardiovascular:
- Hipertensión arterial persistente, difícil de controlar.
- Pulso arterial duro y disminución de la distensibilidad vascular.
- Soplos carotídeos o femorales que sugieren estenosis aterosclerótica.
- Fenómenos de isquemia miocárdica que pueden presentarse como dolor torácico atípico o equivalentes anginosos (disnea, fatiga).
- En la exploración periférica:
- Extremidades frías con llenado capilar enlentecido.
- Claudicación intermitente al esfuerzo, signo temprano de arteriopatía periférica.
- Cambios tróficos cutáneos: piel fina, seca, uñas frágiles, pérdida de vello.
- Úlceras crónicas en pies o tobillos por hipoperfusión.
- En órganos diana:
- Riñón: microalbuminuria, primer signo de daño endotelial glomerular.
- Cerebro: deterioro cognitivo vascular, microinfartos lacunares y accidente cerebrovascular isquémico.
- Ojo: retinopatía hipertensiva o diabética, con signos como hemorragias en llama o exudados algodonosos.
Relevancia semiológica
Para el clínico, la disfunción endotelial representa un síndrome transversal que explica la coexistencia de múltiples manifestaciones cardiometabólicas en un mismo paciente. No se trata solo de “vasos dañados”, sino de un órgano endotelial enfermo, cuya afectación difusa se traduce en:
- Síntomas inespecíficos: fatiga, intolerancia al esfuerzo, cefaleas vasculares.
- Signos clínicos tempranos: elevación de la presión arterial, cambios en la piel y faneras, microalbuminuria.
- Signos avanzados: claudicación intermitente, angina, accidente cerebrovascular, insuficiencia renal progresiva.
Papel en el continuum cardiometabólico
La disfunción endotelial es el punto de convergencia entre resistencia insulínica, inflamación crónica y estrés oxidativo. Una vez instaurada, inicia la vasculopatía metabólica, que evoluciona hacia:
- Aterosclerosis subclínica → placa vulnerable → síndrome coronario agudo.
- Enfermedad renal crónica → proteinuria → pérdida progresiva de función renal.
- Complicaciones cerebrovasculares → deterioro cognitivo y demencia vascular.
En consecuencia, la exploración dirigida a identificar signos de daño endotelial temprano —microalbuminuria, soplos vasculares, rigidez arterial— tiene un valor preventivo incalculable.
Ejemplo clínico ilustrativo
Un varón de 52 años, obeso y con antecedente de hipertensión mal controlada, consulta por fatiga progresiva. En la exploración, presenta:
- Pulso radial duro y poco colapsable.
- Soplo carotídeo derecho grado II/VI.
- Piel de las piernas seca, con pérdida de vello distal.
- Microalbuminuria positiva en examen de orina.
Este conjunto de hallazgos semiológicos revela una vasculopatía difusa secundaria a disfunción endotelial, incluso antes de que aparezca un evento coronario o cerebrovascular manifiesto.
Inflamación Sistémica Crónica de Bajo Grado
La inflamación sistémica crónica de bajo grado constituye uno de los pilares fisiopatológicos más importantes en la medicina cardiometabólica. Se trata de una inflamación persistente, difusa, subclínica y de baja intensidad, que no produce los signos clásicos de la inflamación aguda (rubor, calor, tumor, dolor), pero que ejerce un efecto acumulativo y progresivo en los tejidos.
Este estado inflamatorio, lejos de ser episódico, es continuo y está impulsado por la obesidad visceral, la resistencia a la insulina, el exceso de ácidos grasos libres, la disbiosis intestinal y la activación neurohormonal. En conjunto, actúa como una “niebla inflamatoria” que baña de manera silenciosa al sistema cardiovascular, renal, hepático y nervioso, precipitando daño estructural y funcional a lo largo de los años.
Bases fisiopatológicas
Los mecanismos responsables de esta inflamación de bajo grado incluyen:
- Tejido adiposo como órgano inflamatorio
- El tejido adiposo visceral, en especial el perivisceral y el epicárdico, deja de ser un reservorio inerte y se convierte en un verdadero órgano inmunometabólico.
- Adipocitos hipertrofiados liberan TNF-α, IL-6, MCP-1 y otras citoquinas proinflamatorias.
- Disminuye la secreción de adiponectina, una adipocina antiinflamatoria y sensibilizadora a la insulina.
- Activación de células inmunes innatas
- El infiltrado de macrófagos M1 proinflamatorios, linfocitos T activados y células NK en tejido adiposo y órganos metabólicos perpetúa la inflamación.
- Estos liberan radicales libres y citoquinas que dañan endotelio, hepatocitos y podocitos.
- Producción hepática de reactantes de fase aguda
- La IL-6 induce la síntesis de proteína C reactiva (PCR), fibrinógeno y amiloide sérico A.
- Estos marcadores no solo son indicadores, sino mediadores activos del proceso inflamatorio vascular.
- Alteración del microbioma intestinal
- La disbiosis favorece la translocación de lipopolisacáridos (LPS) bacterianos a la circulación.
- Se activa la inmunidad innata vía receptores TLR-4, que amplifican la inflamación sistémica.
Consecuencias clínicas
La inflamación crónica de bajo grado no produce fiebre ni dolor local, pero genera una constelación de manifestaciones clínicas difusas:
- En piel y faneras
- Eritema inespecífico o rosácea de predominio facial.
- Retardo en la cicatrización de heridas.
- Piel seca, uñas frágiles y pérdida difusa de cabello por microangiopatía inflamatoria.
- En sistema musculoesquelético
- Mialgias y artralgias vagas, no inflamatorias clásicas, pero persistentes.
- Sensación de rigidez matutina breve (<30 minutos), distinta de la artritis inflamatoria.
- En sistema cardiovascular
- Aceleración del proceso aterosclerótico con aparición precoz de angina, claudicación intermitente o accidente cerebrovascular.
- Hipertensión arterial de difícil control, en parte mediada por rigidez arterial.
- En sistema metabólico
- Fatiga crónica, astenia y disminución de la tolerancia al ejercicio.
- Aumento de peso refractario a dieta y ejercicio, por resistencia a la insulina perpetuada.
- En sistema inmune
- Susceptibilidad aumentada a infecciones cutáneas y urinarias.
- Curso más grave y prolongado de infecciones comunes, debido a un sistema inmunitario “gastado”.
Signos semiológicos asociados
Desde la perspectiva de la exploración física, existen signos que orientan al clínico hacia la existencia de este estado inflamatorio:
- Distribución central de grasa abdominal, con aumento de perímetro abdominal >102 cm en hombres y >88 cm en mujeres.
- Acantosis nigricans como marcador indirecto de hiperinsulinemia e inflamación asociada.
- Edema blando leve en extremidades, reflejo de disfunción endotelial secundaria.
- Xantelasmas o arco corneal precoz, vinculados a dislipidemia e inflamación vascular.
- Microalbuminuria detectada en examen de orina, considerada una “huella clínica” de inflamación endotelial y daño glomerular.
Relevancia semiológica
La inflamación sistémica crónica de bajo grado es el “terreno biológico oculto” donde germinan los principales síndromes cardiometabólicos. Desde la semiología, su importancia radica en que:
- Explica la coexistencia de signos en distintos sistemas (piel, vasos, riñón, corazón).
- Permite integrar síntomas inespecíficos (cansancio, rigidez, infecciones recurrentes) como manifestaciones de un mismo proceso subyacente.
- Constituye un predictor de eventos clínicos mayores, pues la inflamación latente precede al infarto, al ictus o a la insuficiencia cardíaca.
Ejemplo clínico ilustrativo
Mujer de 46 años, con obesidad central e hipertensión leve, consulta por cansancio persistente. En la exploración presenta:
- Piel facial eritematosa, con telangiectasias finas.
- Cuello con acantosis nigricans.
- Perímetro abdominal de 108 cm.
- Piel de tobillos seca y uñas quebradizas.
- Tira reactiva de orina con microalbuminuria positiva.
A pesar de que los síntomas no sugieren una enfermedad inflamatoria clásica, el conjunto de hallazgos revela un estado inflamatorio sistémico crónico, que explica su riesgo elevado de progresar a síndrome metabólico completo y complicaciones cardiovasculares.
Papel en el continuum cardiometabólico
La inflamación sistémica crónica de bajo grado actúa como “cemento fisiopatológico” que une todos los componentes del síndrome cardiometabólico:
- Potencia la resistencia a la insulina.
- Acelera la disfunción endotelial.
- Induce estrés oxidativo persistente.
- Promueve la aterogénesis y la fibrosis miocárdica.
- Contribuye al deterioro renal progresivo y a la pérdida de reserva cognitiva.
Por ello, se considera uno de los marcadores más poderosos de riesgo cardiovascular residual y un objetivo emergente de intervenciones terapéuticas dirigidas.
Estrés Oxidativo y Daño Celular
El estrés oxidativo se define como el desequilibrio entre la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS) y nitrógeno (RNS) y la capacidad antioxidante del organismo para neutralizarlas. En condiciones fisiológicas, pequeñas cantidades de ROS cumplen un papel en la señalización celular y en la defensa inmunológica; sin embargo, cuando su generación es excesiva y sostenida, las ROS se convierten en agentes dañinos que agreden lípidos, proteínas y ácidos nucleicos, alterando la función y viabilidad celular.
En el contexto cardiometabólico, el estrés oxidativo actúa como un acelerador de la disfunción endotelial, la resistencia a la insulina y la inflamación crónica, constituyendo un eje patogénico transversal a todas las enfermedades del continuo cardiometabólico.
Fuentes de especies reactivas
Las principales fuentes intracelulares de ROS/RNS en el paciente cardiometabólico incluyen:
- Mitocondrias: la sobrecarga de nutrientes (glucosa, ácidos grasos libres) induce una hiperactividad en la cadena respiratoria, con fuga de electrones que generan superóxido (O₂−).
- NADPH oxidasa: activada en leucocitos, endotelio y tejido adiposo, es una fuente clave de superóxido en obesidad e hipertensión.
- Óxido nítrico sintasa desacoplada (eNOS): en condiciones de déficit de tetrahidrobiopterina (BH₄) produce superóxido en lugar de óxido nítrico, agravando la disfunción endotelial.
- Peroxisomas: en la β-oxidación de ácidos grasos liberan peróxido de hidrógeno (H₂O₂).
- Enzimas xantina-oxidasa: vinculadas a hiperuricemia y gota, generan superóxido y peróxido en exceso.
Mecanismos de daño celular
El estrés oxidativo provoca daño estructural y funcional a diferentes niveles:
- Lípidos: la peroxidación lipídica de membranas altera la fluidez y permeabilidad celular, afectando la función mitocondrial, neuronal y endotelial.
- Proteínas: oxidación de aminoácidos esenciales, formación de puentes disulfuro anormales y pérdida de función enzimática.
- Ácidos nucleicos: daño oxidativo al ADN y ARN (8-hidroxi-2’-desoxiguanosina como marcador), que favorece mutaciones y senescencia celular.
- Organelas: disfunción mitocondrial, liberación de citocromo c y activación de apoptosis.
Este conjunto de agresiones genera muerte celular por necrosis, apoptosis o senescencia prematura, contribuyendo al deterioro tisular progresivo.
Consecuencias clínicas
El estrés oxidativo se traduce en un espectro clínico multisistémico:
- En el sistema cardiovascular:
- Rigidez arterial y elevación de la presión sistólica.
- Aterosclerosis acelerada por oxidación de LDL.
- Remodelado cardíaco y fibrosis miocárdica.
- Insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada (ICFEp), donde el estrés oxidativo es un mecanismo central.
- En el metabolismo:
- Deterioro de la señalización insulínica en músculo e hígado.
- Aparición de resistencia a la insulina y progresión hacia diabetes tipo 2.
- Esteatosis hepática no alcohólica (MASLD/NAFLD) con riesgo de fibrosis.
- En el sistema nervioso:
- Daño en neuronas y células gliales, con manifestaciones de neuropatía diabética.
- Relación con deterioro cognitivo metabólico y riesgo aumentado de demencia vascular y enfermedad de Alzheimer.
- En el riñón:
- Daño oxidativo en podocitos y células tubulares.
- Progresión de microalbuminuria a proteinuria franca y enfermedad renal crónica.
- En la piel y faneras:
- Envejecimiento cutáneo precoz (arrugas finas, piel seca, manchas hiperpigmentadas).
- Fragilidad capilar y equimosis espontáneas.
- Opacidad del cristalino y cataratas metabólicas.
Signos semiológicos vinculados al estrés oxidativo
Aunque el estrés oxidativo es un fenómeno molecular, se manifiesta de forma visible en signos clínicos que el médico puede identificar:
- Cutáneos:
- Aparición precoz de arrugas, elastosis solar exagerada en obesos y diabéticos.
- Mancha cutánea hiperpigmentada o levemente acastañada en zonas fotoexpuestas.
- Oculares:
- Cataratas en pacientes relativamente jóvenes con diabetes mal controlada.
- Retinopatía con microhemorragias y exudados duros.
- Vasculares:
- Pulso arterial duro, pérdida de la elasticidad de la arteria radial.
- Soplos vasculares por estenosis aterosclerótica acelerada.
- Neurológicos:
- Polineuropatía sensitivo-motora distal en diabéticos, reflejo de daño oxidativo en fibras nerviosas.
- Renales:
- Microalbuminuria persistente, signo de estrés oxidativo endotelial y glomerular.
Relevancia semiológica
Desde la perspectiva semiológica, el estrés oxidativo representa la fisiopatología invisible detrás de signos clínicos frecuentes en pacientes metabólicos. Su valor radica en:
- Explicar por qué un paciente relativamente joven desarrolla signos de envejecimiento precoz.
- Justificar la progresión rápida de aterosclerosis o insuficiencia cardíaca en presencia de obesidad o diabetes.
- Integrar hallazgos dispersos —como cataratas, neuropatía y rigidez arterial— en un mismo sustrato fisiopatológico.
Ejemplo clínico ilustrativo
Varón de 49 años con obesidad central, hipertensión y diabetes tipo 2 mal controlada. Refiere disminución visual progresiva y parestesias en pies. A la exploración se encuentra:
- Pulso radial duro y mal colapsable.
- Soplo carotídeo derecho.
- Piel seca con arrugas profundas y manchas acastañadas en antebrazos.
- Reflejo aquíleo abolido bilateral.
- Fondo de ojo: microhemorragias y microaneurismas.
Este paciente presenta la traducción clínica del estrés oxidativo sostenido, con expresión simultánea en vasos, nervios, piel y retina.
Papel en el continuum cardiometabólico
El estrés oxidativo se integra como un motor silencioso que impulsa el deterioro progresivo del paciente cardiometabólico:
- Inicio: resistencia a la insulina y obesidad → exceso de ROS mitocondriales.
- Progresión: inflamación crónica, disfunción endotelial y daño vascular.
- Complicaciones: aterosclerosis, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica y deterioro cognitivo.
De esta manera, constituye uno de los mecanismos más importantes para explicar la interconexión entre corazón, riñón, hígado, cerebro y metabolismo.
Interacciones Neurohormonales
El sistema neurohormonal constituye uno de los grandes moduladores del equilibrio cardiovascular y metabólico. En el paciente cardiometabólico, este equilibrio se rompe, dando lugar a una activación crónica, inadecuada y desadaptativa de diversos ejes neuroendocrinos. Esta hiperactividad sostenida se convierte en un círculo vicioso que perpetúa la resistencia insulínica, la inflamación de bajo grado, la disfunción endotelial y la remodelación orgánica.
Las dos grandes vías protagonistas son el sistema nervioso simpático y el sistema renina-angiotensina-aldosterona (SRAA), íntimamente interrelacionados con la regulación metabólica, el control del volumen extracelular y la homeostasis energética. A ellos se suman otros moduladores como el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HHS) y las alteraciones en péptidos natriuréticos, que completan la red de interacciones.
Activación simpática crónica
En obesidad, resistencia insulínica y diabetes tipo 2 se observa un estado de hiperactividad simpática basal.
- Mecanismos desencadenantes:
- Leptina elevada en obesidad central, que estimula núcleos hipotalámicos pro-simpáticos.
- Insulina elevada que, paradójicamente, activa la descarga simpática.
- Apnea obstructiva del sueño, con hipoxias intermitentes que potencian la actividad simpática.
- Efectos cardiovasculares:
- Taquicardia de reposo y pérdida de la variabilidad de la frecuencia cardíaca.
- Vasoconstricción periférica sostenida → hipertensión arterial.
- Hipertrofia ventricular izquierda inducida por sobrecarga de presión.
- Signos semiológicos asociados:
- Pulso rápido y sostenido en reposo.
- Sudoración excesiva (hiperhidrosis simpática).
- Hipertensión arterial resistente, con predominio de valores nocturnos alterados (“non-dipper”).
- Ansiedad, palpitaciones y temblor fino en extremidades.
Sistema Renina–Angiotensina–Aldosterona (SRAA)
El SRAA, diseñado para defender al organismo frente a la deshidratación y el bajo gasto, se encuentra anormalmente activado en el paciente cardiometabólico, incluso en ausencia de hipovolemia.
- Efectos principales:
- La angiotensina II potencia la vasoconstricción, favorece la hipertrofia de miocitos y fibroblastos, y estimula la secreción de aldosterona.
- La aldosterona incrementa la reabsorción de sodio y agua, pero además tiene efectos proinflamatorios y profibróticos en corazón, riñón y vasos.
- Interacciones con el sistema simpático → potenciación recíproca.
- Manifestaciones clínicas:
- Hipertensión arterial persistente.
- Retención hídrica con aparición de edemas.
- Hipokalemia secundaria a hiperaldosteronismo.
- Signos semiológicos relacionados:
- Ingurgitación yugular y edemas maleolares blandos en fases avanzadas.
- Soplos renales audibles en estenosis de arteria renal.
- Hepatomegalia congestiva en casos de insuficiencia cardíaca asociada.
Eje Hipotálamo-Hipófisis-Suprarrenal (HHS)
El estrés metabólico y psicosocial crónico activa de manera sostenida el eje HHS:
- Cortisol elevado contribuye a:
- Aumento de la gluconeogénesis hepática y empeoramiento de la resistencia a la insulina.
- Redistribución de grasa hacia el compartimento visceral.
- Efectos catabólicos en músculo y hueso (sarcopenia, osteoporosis).
- Signos semiológicos:
- Obesidad central con extremidades relativamente delgadas.
- Facies redondeada y giba dorsal discreta en algunos pacientes.
- Fragilidad capilar y hematomas fáciles.
Péptidos natriuréticos
En condiciones normales, los péptidos natriuréticos (ANP, BNP) contrarrestan los efectos del SRAA y del sistema simpático. Sin embargo, en la obesidad y la resistencia insulínica se observa un “déficit relativo de péptidos natriuréticos”, debido a su mayor depuración y menor producción.
- Consecuencias:
- Pérdida de su efecto natriurético y vasodilatador.
- Mayor predisposición a hipertensión e insuficiencia cardíaca.
- Signos clínicos indirectos:
- Tendencia a sobrecarga de volumen.
- Presencia temprana de disnea de esfuerzo y edemas.
Relevancia semiológica
Las interacciones neurohormonales explican un fenotipo clínico particular en el paciente cardiometabólico:
- Hipertensión resistente, con marcada rigidez arterial.
- Edemas crónicos no atribuibles solo a insuficiencia cardíaca avanzada.
- Pulso rápido, sudoración excesiva y ansiedad vegetativa.
- Redistribución adiposa característica y pérdida de masa muscular.
- Congestión venosa sistémica precoz en relación con hiperaldosteronismo.
Estos signos, aparentemente dispersos, adquieren coherencia cuando se integran bajo la óptica del desbalance neurohormonal crónico.
Ejemplo clínico ilustrativo
Varón de 55 años, obeso, con hipertensión resistente y diabetes tipo 2. En la exploración presenta:
- Pulso radial de 96 lpm en reposo.
- Ingurgitación yugular con leve reflujo hepatoyugular.
- Edema blando en maléolos.
- Facies redondeada y adiposidad abdominal marcada.
- Presión arterial nocturna persistentemente elevada en monitoreo ambulatorio.
La combinación de hallazgos refleja la activación conjunta del sistema simpático, del SRAA y del eje HHS, que explican la dificultad de control clínico y el riesgo aumentado de complicaciones cardiovasculares.
Papel en el continuum cardiometabólico
Las interacciones neurohormonales son el motor oculto que acelera el deterioro multiorgánico:
- Estimulan la fibrosis miocárdica y la rigidez ventricular.
- Potencian la resistencia a la insulina y la inflamación crónica.
- Favorecen la progresión de la enfermedad renal crónica por hiperfiltración y fibrosis intersticial.
- Precipitan eventos cardiovasculares mayores (infarto, insuficiencia cardíaca, ACV).
De este modo, constituyen un punto de inflexión semiológico: cuando un paciente presenta múltiples signos compatibles con hiperactividad neurohormonal, el clínico debe reconocer que el riesgo cardiometabólico global es alto y que se requieren estrategias terapéuticas intensivas y dirigidas.
Adipocinas y Citoquinas Inflamatorias
El tejido adiposo, especialmente el visceral, ha dejado de considerarse un simple depósito de energía para entenderse hoy como un órgano endocrino e inmunológico activo. Los adipocitos, junto con células inmunes infiltradas en el tejido adiposo (macrófagos, linfocitos T, células NK), secretan un conjunto de moléculas bioactivas denominadas adipocinas. Estas incluyen hormonas, citoquinas, quimioquinas y factores de crecimiento que participan en la regulación del metabolismo, la inflamación, la función endotelial y la sensibilidad a la insulina.
Cuando el tejido adiposo está expandido, como ocurre en la obesidad central, se genera un estado de secreción proinflamatoria crónica, con un desequilibrio entre adipocinas protectoras y adipocinas deletéreas. Este fenómeno se convierte en un verdadero puente fisiopatológico entre obesidad, resistencia a la insulina, dislipidemia, hipertensión e inflamación sistémica de bajo grado.
Adipocinas clave en el paciente cardiometabólico
- Leptina
- Normalmente regula el apetito y el balance energético actuando sobre el hipotálamo.
- En la obesidad existe hiperleptinemia con resistencia a la leptina.
- Efectos: incremento de la actividad simpática, favoreciendo hipertensión; promoción de inflamación vascular y trombosis.
- Clínica: hiperfagia persistente a pesar de leptina elevada, tendencia a hipertensión y aterosclerosis.
- Adiponectina
- Considerada la adipocina protectora por excelencia.
- Mejora la sensibilidad a la insulina, tiene efectos antiinflamatorios y antiaterogénicos.
- En obesidad y síndrome metabólico los niveles son bajos.
- Clínica: su déficit se asocia a hígado graso, diabetes tipo 2 y aterosclerosis temprana.
- Resistina
- Secreción aumentada en obesidad, vinculada a resistencia a la insulina y liberación de citoquinas proinflamatorias.
- Potencia la aterogénesis a través de disfunción endotelial.
- Visfatina y omentina
- Secretadas por tejido adiposo visceral.
- Visfatina se asocia a inflamación vascular y rigidez arterial.
- Omentina, en contraste, puede tener efectos protectores, aunque disminuye en obesidad central.
- TNF-α (factor de necrosis tumoral alfa)
- Producido por adipocitos hipertrofiados y macrófagos infiltrantes.
- Interfiere con la señalización de insulina → resistencia insulínica.
- Induce apoptosis endotelial y favorece fibrosis miocárdica.
- IL-6 (interleucina-6)
- Se produce en exceso en el tejido adiposo visceral.
- Estimula al hígado a producir proteína C reactiva (PCR), fibrinógeno y otros reactantes de fase aguda.
- Su aumento se asocia con mayor riesgo de eventos cardiovasculares.
Consecuencias clínicas y semiológicas
El desequilibrio entre adipocinas y citoquinas proinflamatorias se manifiesta en múltiples sistemas:
- En piel y faneras
- Acantosis nigricans como marcador indirecto de hiperinsulinemia.
- Fibromas blandos (acrocordones) en cuello y axilas, vinculados a hiperinsulinemia y leptina elevada.
- Alteraciones en la textura de la piel, que se vuelve más seca y con pobre cicatrización.
- En el aparato cardiovascular
- Desarrollo de hipertensión arterial asociada a hiperleptinemia y activación simpática.
- Rigidez arterial precoz y soplos vasculares secundarios a aterosclerosis acelerada.
- Mayor predisposición a trombosis arterial y venosa.
- En metabolismo y composición corporal
- Obesidad central con predominio visceral.
- Resistencia a la insulina, que clínicamente se expresa en intolerancia a la glucosa, dislipidemia aterogénica y fatiga crónica.
- Hepatomegalia blanda secundaria a esteatosis hepática.
- En sistema endocrino-reproductivo
- Síndrome de ovario poliquístico en mujeres, con hirsutismo y alteraciones menstruales, impulsado por hiperinsulinemia y disbalance adipocinas.
- Hipogonadismo funcional en varones obesos, por leptina y TNF-α elevados que inhiben la producción de testosterona.
Relevancia semiológica
Desde el punto de vista semiológico, el perfil de secreción adipocitaria explica por qué ciertos pacientes presentan un fenotipo clínico reconocible:
- Obesidad central + acantosis nigricans + fibromas blandos + hepatomegalia blanda → síndrome de resistencia insulínica con hiperleptinemia y déficit de adiponectina.
- Obesidad central + hipertensión resistente + rigidez arterial precoz → hiperactividad simpática mediada por leptina y TNF-α.
- Obesidad central + hirsutismo + alteraciones menstruales → interacción adipocinas-hormonas sexuales.
La semiología, al correlacionar estos signos dispersos, permite identificar el sustrato inflamatorio y hormonal del paciente cardiometabólico.
Ejemplo clínico ilustrativo
Mujer de 38 años, con obesidad central, consulta por irregularidades menstruales y fatiga. En la exploración se encuentran:
- Perímetro abdominal: 102 cm.
- Acantosis nigricans en cuello posterior.
- Fibromas blandos en axilas.
- Hirsutismo en región mentoniana y periareolar.
- Hepatomegalia blanda palpable a 3 cm del reborde costal.
Este conjunto semiológico refleja un estado de hiperinsulinemia crónica con disbalance de adipocinas y citoquinas inflamatorias, típico de la resistencia insulínica y del síndrome de ovario poliquístico, con riesgo elevado de progresión a diabetes tipo 2 y complicaciones cardiovasculares.
Papel en el continuum cardiometabólico
Las adipocinas y citoquinas inflamatorias son el eslabón molecular que conecta obesidad y resistencia a la insulina con las complicaciones macro y microvasculares:
- Inicio: hipertrofia adipocitaria → secreción proinflamatoria.
- Propagación: resistencia a la insulina, inflamación sistémica, disfunción endotelial.
- Complicaciones: aterosclerosis acelerada, insuficiencia cardíaca con fracción preservada, enfermedad renal crónica, infertilidad y disfunción gonadal.
En suma, el tejido adiposo enfermo no solo acumula grasa: se convierte en un laboratorio inflamatorio permanente que imprime su firma clínica en múltiples sistemas.
Disbiosis Intestinal y Eje Intestino-Corazón
El intestino humano alberga una comunidad de trillones de microorganismos que constituyen el microbioma intestinal. Este ecosistema dinámico participa en la digestión, el metabolismo de nutrientes, la modulación del sistema inmune y la producción de metabolitos bioactivos.
En condiciones de equilibrio (eubiosis), el microbioma actúa como un aliado de la salud cardiometabólica. Sin embargo, en el contexto de obesidad, dietas hipercalóricas, sedentarismo, uso crónico de antibióticos o disfunción inmunometabólica, ocurre una disbiosis intestinal, entendida como el desequilibrio cuantitativo y cualitativo de la microbiota.
La disbiosis no se limita al intestino: a través del eje intestino-corazón ejerce un impacto sistémico, promoviendo inflamación crónica, disfunción endotelial, aterogénesis y remodelado cardíaco.
Bases fisiopatológicas
Los mecanismos mediante los cuales la disbiosis influye en la salud cardiometabólica incluyen:
- Producción de metabolitos aterogénicos
- El exceso de bacterias que metabolizan colina, L-carnitina y fosfatidilcolina genera trimetilamina (TMA).
- El hígado convierte la TMA en TMAO (trimetilamina N-óxido), un metabolito fuertemente asociado con aterosclerosis, trombosis y rigidez arterial.
- Translocación bacteriana y endotoxemia metabólica
- Una barrera intestinal permeable permite que fragmentos bacterianos como lipopolisacáridos (LPS) pasen al torrente sanguíneo.
- Esto activa receptores de inmunidad innata (TLR-4), amplificando la inflamación sistémica de bajo grado.
- Alteración del metabolismo de ácidos biliares y glucosa
- La disbiosis reduce bacterias que producen ácidos grasos de cadena corta (AGCC) como el butirato, protector frente a la resistencia insulínica.
- Se altera la señalización de receptores como FXR y TGR5, claves en la homeostasis glucolipídica.
- Impacto en el eje intestino-cerebro-corazón
- La microbiota regula la producción de neurotransmisores (serotonina, GABA) y modula el tono autonómico.
- La disbiosis potencia la hiperactividad simpática y el SRAA, amplificando el daño cardiometabólico.
Consecuencias clínicas
La disbiosis intestinal rara vez se presenta con síntomas digestivos graves, pero sí con una constelación de signos sutiles y multisistémicos:
- En aparato digestivo
- Meteorismo crónico, sensación de plenitud postprandial.
- Distensión abdominal con ruidos hidroaéreos aumentados.
- Alternancia de estreñimiento y diarrea (síndrome de intestino irritable asociado).
- En sistema cardiovascular
- Aceleración de la aterosclerosis, con manifestaciones de claudicación intermitente, angina precoz o ACV.
- Hipertensión arterial resistente, potenciada por inflamación y disfunción endotelial.
- En metabolismo sistémico
- Aumento de adiposidad visceral pese a restricción calórica parcial.
- Dificultad para bajar de peso a pesar de intervenciones dietéticas.
- Fatiga persistente asociada a inflamación y resistencia insulínica.
- En sistema inmunológico y piel
- Mayor susceptibilidad a infecciones cutáneas y urinarias.
- Manifestaciones de inflamación cutánea leve (eczema, rosácea).
Signos semiológicos vinculados
Aunque no existe un signo patognomónico de disbiosis, el clínico puede reconocer marcadores indirectos:
- Distensión abdominal crónica a la inspección.
- Ruidos intestinales aumentados en la auscultación, no siempre dolorosos.
- Halitosis persistente o mal olor corporal por metabolitos de fermentación bacteriana.
- Sobrepeso resistente a dieta y ejercicio, con adiposidad central desproporcionada.
- Microalbuminuria y rigidez arterial como huellas de inflamación intestinal sistémica.
Relevancia semiológica
Desde la perspectiva semiológica, la disbiosis intestinal es un hallazgo invisible que se deduce a partir de la integración de síntomas digestivos menores con signos cardiometabólicos mayores. Su importancia radica en que:
- Explica por qué pacientes con dieta aparentemente adecuada y adherencia a ejercicio presentan progresión de obesidad visceral e hipertensión.
- Aporta una nueva dimensión diagnóstica: el intestino como origen de inflamación crónica sistémica.
- Permite anticipar complicaciones cardiovasculares en individuos que solo refieren síntomas digestivos leves.
Ejemplo clínico ilustrativo
Varón de 45 años con obesidad central, hipertensión y antecedentes familiares de infarto precoz. Consulta por distensión abdominal crónica y gases excesivos. En la exploración presenta:
- Perímetro abdominal: 110 cm.
- Distensión abdominal visible con ruidos hidroaéreos aumentados.
- Pulso radial duro y soplo carotídeo leve.
- Microalbuminuria positiva en orina.
Este conjunto de hallazgos revela la interacción entre disbiosis intestinal y riesgo cardiometabólico, donde síntomas digestivos aparentemente banales anticipan un perfil de alto riesgo cardiovascular.
Papel en el continuum cardiometabólico
La disbiosis intestinal es hoy considerada un nuevo actor en el síndrome cardiometabólico. Su papel en el continuum se resume así:
- Inicio: alteración de microbiota intestinal por dieta rica en grasas y azúcares.
- Progresión: aumento de TMAO, endotoxemia metabólica, inflamación sistémica.
- Complicaciones: aterosclerosis acelerada, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica, deterioro cognitivo.
De este modo, el intestino se convierte en un órgano diana y a la vez origen de múltiples enfermedades cardiometabólicas.
Descubre más desde Medicina Cardiometabólica
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.